El mérito no es nuestro
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- Categoría: D. Santiago Carbonell
El sacerdote siempre corre el peligro de olvidarse de que su ministerio lo ha recibido de Dios y no debería gloriarse por lo que hace, sino glorificar a Dios constantemente por haber querido utilizar sus pobres manos para hacer llegar a todos los hombres su gracia. D. Santiago Carbonell, sacerdote de la Archidiócesis de Valencia (España), lo tiene muy presente. Sabe que las conversiones de las que ha sido testigo no han sido obra suya, sino solo de Dios y que, cada vez que pronuncia las palabras «Esto es mi Cuerpo» y «Esta es mi Sangre», Jesucristo mismo utiliza sus manos para hacerse presente bajo las especies de pan y vino. Esto es un misterio que solo se entiende si uno se pone las gafas de la fe porque, desde una visión meramente humana, es imposible de comprender.
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Hoy, debido a la escasez de vocaciones sacerdotales, la cantidad de actividad pastoral que tienen que atender los sacerdotes es desbordante. Dentro de esta situación, el mayor riesgo que corre el sacerdote es acabar en un activismo sin descanso con la posible consecuencia de terminar olvidándose de lo más importante: Dios. Para que esto no suceda, D. Carlos Bou Aliaga, sacerdote de la Archidiócesis de Valencia, ve innegociable hacer diariamente un rato de adoración ante el Santísimo Sacramento, a ser posible a primera hora de la mañana, para ver delante del Señor lo que realmente Él le está pidiendo. Haciendo esto, el sacerdote se asegura actuar siempre según la voluntad de Dios y ayudará mucho más que si se apoyara solo en sus propias fuerzas.
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